11/9/16

Curiosidades: Por qué las Latas de Refresco tienen más Burbujas que las Botellas


Si eres un consumidor masivo de refrescos probablemente ya te hayas percatado de que las bebidas en lata producen una sensación diferente en la boca que sus compañeras embotelladas, aunque sean de la misma marca. Esta diferencia, que se acentúa si bebemos de una botella de plástico no es simple casualidad: una vez más, la ciencia acude a nuestro rescate para solventarnos las dudas.

La clave de todo está en la distinta cantidad de dióxido de carbono que hay en las latas y en las botellas. No es que haya una confabulación mundial para rellenar los recipientes con más o menos cantidad de gas, según el caso: en realidad, los fabricantes ponen la misma cantidad en unas y otras. Ahora bien, para el usuario experimentado es notable que el número de burbujas no es el mismo. Al fin y al cabo, la bebida no provoca la misma sensación de hormigueo en la boca ni tiene la misma imagen si se vierte en un vaso. ¿Qué está pasando?

La clave se encuentra en el material utilizado. Así, el usar aluminio o plástico es lo que hace que haya más o menos burbujas. Todo se debe a las distintas capacidades de conservación de uno y otro material y cómo los propios consumidores manejamos los recipientes.

Por una lado, el plástico no protege completamente el dióxido de carbono como lo hace el aluminio. En el interior de una lata no afectan tanto los cambios de temperatura ni se cuela la luz solar. En cambio, si dejamos una botella de plástico al sol durante varios días o en un armario donde hace mucho calor, el dióxido de carbono comienza a degradarse. Por tanto, a la hora de servir uno y otro refresco, el burbujeo y las sensaciones serán diferentes.

Los fabricantes son conscientes de esas pérdidas y ya usan un PET (tereftalato de polietileno, el plástico más común para fabricar botellas) mejorado, que permite incluso envasar botellas de refresco más pequeñas para que la degradación no sea tan notable. No sucede lo mismo con el cristal, un material más resistente a agentes externos; por eso, muchos prefieren los refrescos así embotellados, algo más propio de bares y restaurantes, e intentan conseguirlos para consumir en sus casas.

En cualquier caso, la cantidad de dióxido de carbono que llegue a nuestra boca será la responsable de que sintamos o no dentro de ella esa especie de hormigueo en la lengua. Así, dentro de la cavidad bucal, el dióxido de carbono sale del refresco y se mezcla con agua y anhidrasa carbónica, una enzima que ayuda a que el dióxido de carbono entre y salga de las células. La reacción genera ácido carbónico que es el que provoca que notemos esa sensación de gusto en la boca.

Laarepaenlinea

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